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Estos ciclos calendarios que llegan a su fin, son especialmente oportunos para hacer un alto en el camino, y para reflexionar y evaluar qué tanto logramos hacer, de todo aquello que al principio nos propusimos, quizá con más entusiasmo que realismo. Sea como sea, es el momento de hacer la evaluación. El problema es que muchas veces somos más duros con nosotros mismos en el juicio o evaluación, que de lo que fuimos en la planeación. Esto tiene una explicación, entre muchas otras que se pudieran esgrimir, la que yo te propongo es muy simple: cuando planeamos nos influye más la autosuficiencia, una especie de optimismo idealista, que nos dice: ‘vamos, sé que lo harás’, sin ponderar la verdadera disposición de ánimo y condiciones generales que nos acompañan en esos momentos, y menos claridad de consciencia, de lo que podemos hacer, razonablemente hablando.
Pero no te preocupes, para que este pensamiento no te haga perder una sana objetividad en tu autoevaluación personal, para que te mires con amor propio, correctamente entendido, aquí te dejo este himno que aparece con cierta frecuencia en la oración matutina, Laudes, de la Iglesia Católica.
Así te necesito, de carne y hueso.
“Te atisba el alma en el ciclón de estrellas,
tumulto y sinfonía de los cielos;
y, a zaga del ar
cano de la vida,
perfora el caos y sojuzga el tiempo,
y da contigo, Padre de las causas,
Motor primero.
Mas el frío conturba en los abismos,
y en los días de Dios amaga el vértigo.
¡Y un fuego vivo necesita el alma
y un asidero! (Así te sientes ahora, tal vez)
Hombre quisiste hacerme, no desnuda
inmaterialidad de pensamiento.
Soy una encarnación diminutiva;
el arte, resplandor que toma cuerpo:
la palabra es la carne de la idea:
¡Encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada
hizo carne su verbo!
Así: tangible, humano,
fraterno.
Ungir tus pies, que buscan mi camino,
sentir tus manos en mis ojos ciegos,
hundirme, como Juan, en tu regazo,
y -Judas sin traición- darte mi beso.
Carne soy, y de carne te quiero.
¡Caridad que viniste a mi indigencia,
qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso!” (Así es como
puedes ayudarte).

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Si meditas bien esta hermosa plegaria, te darás cuenta de que es la tentación, la antigua tentación de siempre, “seréis como dioses”, que sigue resonando en nuestro ser, sobre todo a la hora de hacer propósitos. Pero los del año que concluye ya los hiciste, hace justamente un año, ya solo puedes someterlos a escrutinio, lo puedes hacer con el método que el mismo maligno te propone, ‘pensaste que podías, ¿verdad?’, que solo te lleva a la frustración y de nuevo al espejismo de: ‘esta vez si lo lograré’, para lo mismo hacer al terminar el año.
Pero no te pongas pesimista, esta vez puedes hacerlo diferente, tanto tu evaluación como tus propósitos del año nuevo, si los abordas con la perspectiva adecuada. Y, ¿cuál es?, me preguntarás, y la respuesta no es difícil. Solo necesitas una cosa: ¡Mirarte como Dios te mira!
No es difícil si seguimos el consejo de Romano Guardini, que nos dice, en su libro “Aceptarse a uno mismo”, que, si no queremos extraviarnos de nosotros mismos, y de los demás, de la naturaleza y del mismo Dios, lo que tenemos que hacer es “Reconocernos como sus criaturas”, es la forma segura de no caer en la tentación comentada más arriba. Tal vez si te comparto parte de sus palabras, resulte más sencillo:

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“Las preguntas de la existencia —¿por qué soy quién soy? ¿por qué me pasa lo que me pasa? ¿por qué se me niega lo que se me niega? ¿por qué soy como soy? ¿por qué soy, en vez de no ser? — son las que solo pueden responderse en relación con Dios. Sin embargo, hay que añadir inmediatamente: siempre que esta relación no se piense solo en abstracto, sino que se experimente de forma viva, y en la medida en que esto ocurra. Pero es que puede ocurrir. Porque tal experiencia es, en efecto, una gracia; pero se ha prometido que se dará —el buen don, sin más— a quienes lo pidan con la seriedad y la paciencia de su corazón y lo soliciten en la oración y la meditación. …Dicho de un modo más correcto: la constatación de la voluntad de Dios dirigida hacia mí de que debo ser, y ser quien soy. La piedad, a su vez, significa recibirse una y otra vez desde esa voluntad de Dios. Ese es el alfa y el omega de toda sabiduría. El rechazo de la arrogancia. La fidelidad a lo real. La limpieza y la decisión de ser uno mismo y, por tanto, la raíz del carácter. La valentía que se planta ante la existencia y se alegra de esta misma existencia.”
A partir de aquí puedes lograr algo más de claridad, sin embargo, tal vez te quede por ahí alguna pregunta, sobre algo que no te deja estar completamente tranquilo, o más bien, me dirás, no me basta para estar en tranquilidad, esto es natural, porque hay un segundo elemento que el mismo Guardini nos comenta, y te comparto a continuación:
“…es ‘la ansiedad’’…pero no de la que nos dicen que es la consciencia del ser finito al sentirse oprimido por la nada. Es hora de rebatir esa idea, -nos dice Guardini-. El ser finito no tiene por qué existir en la ansiedad, también puede existir en el valor y la confianza… La finitud que se teme a sí misma es la culpable de estar ansiosa. Es la finitud que se ha revuelto contra el Absoluto, y que, precisamente por haberse revuelto, ha precipitado su caída. Pues sabía que su libertad se fundaba en el libre albedrío de Dios; de ahí le venía el derecho y el poder de proseguir con su propia existencia. Esta finitud se consideraba una dicha, una libertad que posibilitaba toda realización.”
Porque el temor nace de la conciencia de lo finito, pero que no se abre a la realidad de algo, o más bien Alguien, necesario, sin el cual mi razón de ser, y ser finito, no existe. ¿Lo ves? Basta con reconocernos como realmente somos, seres limitados, pero acotados por un poder que nos HA AMADO desde el principio de la creación.

Imagen tomada de Pinterest.
A partir de aquí, tenemos claro el camino, somos seres limitados, pero permanentemente asistidos por Aquel que nos ha amado, solo así podemos lanzarnos a la gran aventura de la vida, sin temor, con la certeza, más que con la Esperanza, de que es posible fallar, sin embargo, sabiendo lo que nos falta, reconociendo que somos limitados, al final de un proceso, que no siempre será anual, podremos decir: “Quedo ‘conforme’, aunque puedo estar ‘insatisfecho’” Si este último pensamiento te interesa, puedes ver una reflexión más amplia que hago, la encuentras en mi blog: ¿CONFORME O SATISFECHO? – México, sus problemas y sus valores. Piensa bien, escribe bien, actúa bien. Ahí encontrarás una breve introducción, justo para estos tiempos, y un audio que te la describe.
En pocas palabras, hablo ahí de que la satisfacción, me refiere a mí mismo, y, tarde o temprano, volveré a experimentar la falta de algo, cuya ausencia me volverá a generar insatisfacción o hambre de aquello; mientras que la conformidad, término muy utilizado en sistemas de calidad, me remite, en mi reflexión, a la norma sobre toda norma, que es la Norma Divina, con la cual, ya estoy consciente de que, al menos en esta vida, no he de alcanzar la conformidad total, y, por lo tanto, ya no me genera ansiedad, sino Esperanza.
Deseo que tu evaluación de este año 2025 sea positiva y te deseo lo mejor para el año 2026.

Puedes escuchar el Podcast, basado en este documento en el siguiente vínculo, y también en Spotify y Apple Podcasts, bajo el nombre de ‘Persona, familia y sociedad’: https://media.rss.com/httpsraulsalastcommxcategorypersonafamiliaysociedadfeed/feed.xml
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