Entre tener la razón y saber la verdad

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Hoy en día se ha recrudecido la división entre lo que parecen ser dos bandos opuestos dentro de una misma profesión. Sí, me refiero a la labor periodística, y los bandos en pugna son quienes por un lado se identifican completamente con el grupo en el poder, y por otro lado los periodistas independientes, por llamarlos de alguna manera, pues en unos y otros tenemos grandes empresas, canales de internet, «youtubers», reporteros de investigación y más.

De suyo no es malo que haya posiciones diversas en torno a la labor periodística, puesto que su papel es difundir el acontecer cotidiano, sea de nivel internacional, nacional o local, y dentro de los muy diversos ámbitos como lo son todas las actividades en las que se desempeña el quehacer humano.

No es posible, y esto en razón de la misma naturaleza humana, que haya periodista o comentarista, editorialista, que sea completamente objetivo, puesto que todo comunicador es ante todo un ser humano, es decir una persona, un sujeto, situación que le impide ser objeto, y por lo tanto cien por ciento objetivo. Pienso que esto cualquier persona lo entiende, pero lo que no me parece correcto, es que se pretenda pasar por encima de la verdad objetiva llevando el enfoque subjetivo a una situación en la que se pretende más bien tener la razón o lograr un objetivo, o una consigna.

Aquí es donde tenemos que ser muy precisos y tener en consideración que por encima de los enfoques personales, compromisos con personas o consignas o cualquier otra circunstancia, debe haber consciencia del compromiso con la vedad, que se convierte en derecho a la verdad de la información, de aquéllos que están destinados a recibir el mensaje, la noticia, la crónica del acontecimiento.

Cuando el compromiso es más con la postura personal, con la consigna, con el lucro o cualquier otra causa de la que resulte una desinformación para la audiencia destinataria, se convierte en una violación de su derecho a conocer la verdad, que conlleva también otro derecho que es el de libertad de expresión. En este punto hay que ser muy claros, la libertad de expresión no debiera ser conculcada por nadie, ni por un igual ni por un ente superior, como puede ser el estado o cualquier poder formal o fáctico, y mucho menos recurrir a la violencia para vulnerarlo.

Pero por otro lado, quien expone un punto de vista personal, de facción o por consigna, está obligado a expresarlo claramente en sus publicaciones, de tal manera que su audiencia tenga plena claridad de la naturaleza del contenido que está recibiendo, y a partir de tal conocimiento decida libremente si recibirlo o no, y en su caso qué posición tomar ante lo que recibe.

Mientras no logremos, como sociedad tener la madurez no solamente para identificar lo que es un acontecimiento, una editorialización razonablemente objetiva, un enfoque definitivamente sesgado del hecho o la defensa de una posición en torno al hecho, y sobre todo, que tengamos la capacidad de exigir el tipo de contenido que queremos, esta división seguirá creciendo y con ella seguirá deteriorándose el derecho a la verdad, situación que a la larga nos convertirá en una sociedad manipulable, con verdades distorsionadas, medias verdades o mentiras, que terminarán por debilitar nuestra capacidad y voluntad de análisis y nos dejará a expensas de quien resulte más insistente en sus mensajes, como la propaganda política, o quien con verdad o con mentira nos logre persuadir al identificarnos más con la forma de lo que nos presenta que con el fondo, con su contenido.

¿Cómo podemos influir en los medios para que de alguna manera respondan a nuestras expectativas?

La manera más sencilla de hacerlo es adquiriendo o no adquiriendo lo que nos presenta cada medio. Hace aproximadamente 18 años platicaba con un periodista de El Heraldo de México y me decía: «El público decide, o te compara o no te compra, y si no te compran debes entender que algo no les está gustando». Este sencillo principio es hoy en día mucho más versátil, puesto que las opciones se han multiplicado en gran medida, hoy en casi todos los medios electrónicos en internet tenemos la posibilidad de dar «me gusta» o «no me gusta», podemos suscribirnos o cancelar determinadas emisoras en internet, expresar también nuestras propias opiniones en medios electrónicos de mayor o menor alcance, con los que terceras personas pueden también manifestar su acuerdo o desacuerdo.

Asimismo podemos ser cuidadosos con lo que posteamos y reproducimos en redes sociales, todos sabemos lo que puede llegar a producir una noticia falsa, «fake news», cuando se viraliza y cómo después resulta muy difícil que las aguas vuelvan a su cauce una vez que se han salido de él.

Lo cierto es que si no «despertamos» de esta pesadilla, de este tsunami informativo o desinformativo, podremos ver cuán cierta y cuán peligrosa podría llegar a ser aquella frase y no solamente aplicada a internet: «Internet podrá ser el paraíso de la información, pero que lo sea del conocimiento es muy distinto».

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