¡Resucitó!

¿Quién es este hombre del que tanto se habló desde el inicio de los tiempos?

¿Quién es este hombre del que se sigue hablando a 2000 años de su nacimiento, pasión, muerte y resurrección?

A lo largo de todo este larguísimo período de tiempo, muchos son los que lo esperaron y creyeron, aun sin haberlo visto, muchos también los que habiendo sido testigos del gran acontecimiento no creyeron, muchos hasta nuestros días, quienes han creído y aceptado, pero también quienes han creído y lo han rechazado, lo han combatido y se han empeñado en tratar de borrar de la humanidad todo recuerdo y todo rastro de su existencia, y sobre todo de su Amor.

No se trata de entrar en discusión sobre los dogmas sobre los que puedan descansar otros credos religiosos, algunos incluso, derivados de este acontecimiento original al que nos estamos refiriendo, sino de reflexionar sobre este acontecimiento maravilloso para quienes creemos que esta es la Religión revelada por Dios, mediante los profetas a lo largo del Antiguo Testamento, y por su propio Hijo, palabra divina hecha carne por Amor a nosotros, sus creaturas, en el Nuevo Testamento.

Hay una constante histórica en el hecho de que el hombre de todos los tiempos ha tenido la necesidad ontológica de rendir culto y pleitesía a una o muchas fuerzas superiores, pero lo importante es que el deseo y la necesidad de dar culto a lo “divino” está inscrito en nuestra naturaleza como la propia Historia lo comprueba, otro de los rasgos fundamentales de cualquier manifestación religiosa es la necesidad de ofrecer a las deidades ofrendas, sacrificios rituales, que en todos los casos van a requerir de un sacerdote, es decir alguien con “autoridad” para llevar a cabo el rito de inmolación de la ofrenda que se presenta en el altar, el altar que es otra de las grandes constantes históricas, es decir, el lugar indicado para sacrificar la ofrenda que se presenta a la o las deidades para buscar su beneplácito y lograr su ayuda, su protección, su satisfacción.

Juan el Bautista, es la persona mediante la cual se enlazan el Antiguo con el Nuevo Testamento, puesto que será él, quien en el momento de bautizar a Jesús lo presentará al mundo como el Mesías, el Cordero de Dios que “quita el pecado del mundo”, por eso es conocido también como el último de los profetas, puesto que la misión de los profetas fue anunciar la promesa de un Mesías, y Juan Bautista es quien anuncia al mundo que el Gran Acontecimiento por fin había llegado.

Con este muy breve antecedente, vayamos ahora a instalarnos como testigos de lo que ocurrió el jueves Santo en lo que conocemos como la “Última Cena”, última porque fue la última que compartió Cristo con sus discípulos antes de morir, pero en realidad, primera y anuncio de las que habrían de venir, veamos.

Se celebraba la fiesta de la pascua, que significa paso del Señor, en memoria de la noche en que el Ángel Exterminador da muerte a todos los primogénitos de Egipto, tanto bestias como hombres, incluido el hijo del Faraón, última de las advertencias que hizo Moisés en nombre de Dios, para lograr que Egipto aceptara dar por terminada la esclavitud del pueblo de Israel y permitiera su partida de Egipto en busca de la Tierra Prometida, tal como nos lo presenta el libro del Éxodo. No era, por tanto una fecha cualquiera.

Estaban pues reunidos en esta conmemoración Cristo y los apóstoles, hacia el final de la celebración, les habló de la necesidad que tenía de morir y resucitar para lograr del Padre el perdón de todos nuestros pecados. Como vimos antes, históricamente consta que en todas las culturas y razas ha habido la necesidad y costumbre de ofrecer a las deidades víctimas propiciatorias, y eso es justamente lo que Jesús estaba a punto de explicar a los apóstoles en dicha celebración, y a llevarlo a cabo después, en las horas de la Pasión.

Efectivamente, durante la cena, previamente Jesús había dado un último mensaje de amor y de servicio a los discípulos, con el gesto de lavarles los pies, haciendo énfasis en que deberían amarse unos a otros, como Él los había amado, hasta el extremo, es decir, hasta dar la vida por los demás. Esto de momento no lo entendieron, como tampoco habían entendido muchos algún tiempo antes cuando Jesús dijo: “De cierto, de cierto les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben su sangre, no tienen vida en ustedes” (Juan 6: 53), mensaje que no solamente no fue comprendido sino que causó escándalo.

Volviendo a la última cena, podríamos decir que para cualquier persona podría ser fácil, más en estos tiempos de avances tecnológicos, redes sociales en internet, “influencers”, por llamarlos de alguna manera, decir que se ofrece a sí mismo para bien de los demás, y hacerlo por medio de símbolos, fotos y videos y ya, tener miles de seguidores. No es el caso de Jesucristo, en primer lugar Él es la culminación de un larguísimo período de espera, cosa que no cualquiera puede decir, he sido anunciado y esperado desde el inicio de los tiempos, nadie, sólo Él puede decirlo con verdad, por otro lado, hacer el ofrecimiento que hizo Jesús, a sus apóstoles en la última cena, a cuantos lo escucharon en sus mensajes en lugares abiertos, sinagogas, reuniones privadas, durante su juicio, acusación y condena en el proceso que se le llevó, no es tan fácil. Jesús fue congruente y constante en su testimonio.

Esto es algo de lo maravilloso de la última cena, que, como decía al principio, fue la última con ellos antes de morir, pero fue la primera de muchas, tantas que en la actualidad se sigue repitiendo lo que Él enseñó a Pedro, a Juan y a los demás apóstoles, representados hoy por el Santo Padre, por los Obispos en comunión con él y por todos los Sacerdotes que también comparten, profesan y testifican la verdad de Cristo.

Tomemos en consideración algunas de las palabras pronunciadas en la cruz por Jesucristo, en el momento en que saldaba nuestra cuenta pendiente con Dios Padre, el Absoluto Juez, y veamos si realmente alguien más podría haber hecho lo que Él hizo por nosotros en la última cena y sobre todo con su muerte en la cruz y su resurrección.

La noche anterior durante su agonía en el Huerto de los Olivos, se dirige al Padre y le dice: “Padre, de ser posible que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22: 42) . Cuando nos enseñó a orar con el Padre Nuestro nos dijo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” y lo cumplió.

Y ya estando siendo crucificado dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23: 34). Si nos había predicado el amor a los enemigos, lo testificó con su vida y con su sangre.

Posteriormente cuando dice: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado” (Marcos 15: 34), es muy importante hacer notar el cambio de Padre a Dios, porque en estos momentos es el Jesucristo Hombre, que se enfrenta, por amor de todos nosotros, al juicio tremendo de Dios, por eso no puede hablarle como Hijo al Padre, sino como el Acusado al Juez Todopoderoso.

Finalmente cuando ha pasado la tremenda prueba de expiar nuestras culpas, vuelve a dirigirse el Padre, quien ha sufrido con Él los horribles momentos del juicio más terrible y al mismo tiempo el más misericordioso de la historia, puesto que en dicho juicio fueron perdonados todos los pecados de la humanidad, en la Persona de Cristo, juzgados por Dios, ahora nuevamente su amoroso Padre, tan amoroso que Cristo vuelve a dirigirse a Él con toda confianza diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Y habiendo dicho esto, expiró. (Lucas 23: 46)

Lo hizo por ti, lo hizo por mí, eso no puede dejarnos indiferentes, al menos yo no puedo quedar indiferente, me declaro indigente de su amor y deudor de su misericordia, pero al mismo tiempo misericordiosamente afortunado, porque todo un Dios murió por mí y me abrió las puertas de la filiación divina y de la vida eterna.

Nota aclaratoria: Cristo al hacerse hombre, se hizo por añadidura padre y hermano de todos los hombres, pecadores todos, arrepentidos o no, para suplir con su dolor y su muerte el desamor de estos últimos al Padre, así como para ser juez implacable en el juicio final, pues no podrán aducir en su defensa el no haber tenido la posibilidad de aceptar el Amor del Padre manifestado en Cristo. La muerte es el medio por el que Cristo se hace hijo de los pecadores no arrepentidos en su genealogía humana, y de todos los que le sucedieron, en su paternidad espiritual, es decir, el medio por el que recoge la herencia del pecado y la transforma en alabanza y gloria para el Padre, aunque no para los impenitentes.1

1Según estudio de Ignacio Falgueras Salinas, “Las Genealogías de Jesucristo”, en https://caesoft.es/theologoumena/articulos_ifs/LASGENEALOGIASDEJESUCRISTOB[1].htm en la nota 86.

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